El jamón ibérico es como Dios. Todo el mundo ha oído hablar del él, nadie lo ha visto. La medida más eficaz para luchar contra el fraude que está acabando con el sector jamonero en España sería dar a catar a todos los españoles unas raciones de auténtico jamón ibérico de bellota. La memoria gustativa es la mejor herramienta disponible para distinguir lo que es genuino jamón español de lo que es carne de cerdo producida en mataderos holandeses o rumanos. 

Una ministra de cuota del Ejecutivo de Zapatero tuvo un lapsus y “reconoció” que la producción de jamones ibéricos casi triplicaba la cabaña de cerdos censados por los servicios veterinarios. Un escándalo ocultado deliberadamente en nombre de no se sabe ya qué valores políticos o comerciales. El actual Ministro de Agricultura, con más voluntad de acertar que acierto, ha promovido una nueva legislación que no resuelve el problema del fraude en las importaciones de jamón. En su afán por proteger exclusivamente la denominación “ibérico” puede acabar perjudicando gravemente a muchos productores del sector ligados a la dehesa. El fraude no se evita creando categorías, sino controlando las fronteras y obligando a informar al consumidor.Libertad comercial toda en el punto de venta, información exhaustiva y detallada en las etiquetas